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Eruditos por un día

Siempre que tenemos la oportunidad, nos da por demostrar que somos cultos. Que sí, que sabemos de libros, música, cine. Que sabemos de arte y queremos demostrarlo, por supuesto.

La cuarta edición de La Noche en Blanco en Málaga fue, sin duda, un triunfo. Miles de malagueños tomaron la calle de 20:00 a 3:00, aprovechando el gran número de actividades al que podían acceder. Colas en el Museo Picasso, el Museo Thyssen… ¿Por qué? ¿Por qué miles de personas hacen cola durante una noche para visitar un museo? Entiendo, hoy, que todos quisiésemos ver el Teatro Romano de noche, el Cementerio Inglés o la Alcazaba que, al fin y al cabo, nunca podemos hacerlo. ¿Y los museos? La gente consume cultura porque es gratuita. Porque hemos llegado a un punto en la sociedad en que el arte es, como todo, un negocio. Un negocio explotable. Un negocio que ayer hizo que, por un día, no existiesen precios y las calles se llenasen de gente que quería ser culta un día. De gente que lleva años viviendo en Málaga y no ha sido capaz de visitar uno solo de los museos pero ayer, todas las colas eran pocas. “Porque es gratis”. “Vamos a entrar que es gratis”. Lo dicen mientras comen pizza, helados, chucherías y llevan las manos cargadas de bolsas.

La entrada al Museo Picasso es gratis el último domingo de cada mes. Es gratis a universitarios, a menores de 18 años y a mitad de precio para mayores de 65. También la del Thyssen, entrada reducida a mayores, a estudiantes y gratuita a menores de 12 años. Pero las colas siempre están llenas de extranjeros. De personas de todos los rincones de España. De personas de todos los países del mundo que vienen a Málaga. A visitar Málaga, a ver Málaga, a disfrutar Málaga. Que Málaga vive del turismo. De ellos. De ellos que entran en los museos, que no les importa cuánto valga la entrada ni la cultura. Málaga vive de cultura y nosotros sólo somos capaces de darnos cuenta una noche al año donde todo es gratis y no debemos sacrificar ninguno de nuestros absurdos caprichos (ya lo dije: helados, chocolatinas, snacks, chucherías y un largo etcétera). Nosotros dejamos que sean los demás los que consuman cultura mientras consumimos ignorancia. Nosotros, ensuciamos Málaga mientras miles de personas bajan de un barco, de un avión o de un tren para disfrutar de Málaga, de sus jardínes, del paseo marítimo, del parque, de “las palmeras tan altas y bonitas”, me decía una francesa hace años. Málaga vive de la historia. De lo que un día fuimos y supimos hacer. Y ahora, deseo, con todas mis fuerzas, que en un futuro, no sea esta nuestra historia sino la que también lo es para nosotros. Si no es así, esto solo será una historia de perdedores, de personas que desaprovechaban el tiempo y sólo capaces de darse cuenta de lo que les rodea cuando es gratis.

Y yo, mientras, me voy a ver algún museo. Seguro que hoy, están todos vacíos.

Progreso al retroceso

Los seres humanos somos seres irracionales la mayor parte de nuestras vidas. Seres racionales cuando no debemos serlo. Y pesimistas. Pesimistas en potencia. Nieztche nos hablaba de la necesidad de vivir cada día de tal manera que no te importase que se repitiese infinitas veces. Pero nos olvidamos del eterno retorno. Y de Nieztche, claro. Y vemos catástrofes donde no las hay. Porque nos puede el miedo, la necesidad de llamar la atención, de creer que así, algún día, dominaremos algo. Lo he dicho tantas veces: no sois, no somos nadie. Tampoco lo seremos llamando la atención. El sensacionalismo. Vivimos en un país donde la prensa pretende llamarse de referencia. Un país donde un partido de fútbol ocupa portadas totalmente subjetivas. Vivimos en un país donde un programa de televisión insulta a los opositores a su ideología. ¿Dónde está el respeto? Se suponía que los medios de comunciación, el progreso, nos llevaría a un intento de objetividad, a una lucha común por la objetividad, la igualdad. Una lucha por cometer el menor número de fallos posibles. Y ahora gana el más subjetivo, más sensacionalista. Ahora ganan los idiotas. Hemos vuelvo a la Prehistoria, a la lucha por la fuerza, a los gritos. A ver qué se oye más.  ¿Y la razón? Nos hemos vuelto incapaces de defender nuestros ideales sin recurrir a imágenes desagradables. Somos incapaces, ahora, de tener un grito de guerra silencioso, de defender sin gritar, de luchar sin herir. Porque los seres humanos, ahora, no tienen argumentos, solo ideas, ideas sin fundamento, ideas que no saben por qué tienen pero las tienen, las tienen porque alguien las ha puesto en su cabeza y “sí, es verdad, tiene razón” pero no has entendido nada, sólo obedeces y vas detrás. ¿Detrás de qué? Vamos directos a un precipicio. A un mundo donde lo más desagradable gana. Un mundo donde el que hace más ruido, gana. Y ¿sabéis qué? Vosotros, gritando, no dejais que los ¿cientos? ¿miles? de problemas y consecuencias complementarias a vuestro grito, puedan escucharse. Pero hagamos oídos sordos y escapemos, antes de que sea tarde, de este infierno. Quien quiera, claro. Pero en silencio, sin que nadie se entere. Nosotros, personas cuerdas, no lo necesitamos.

¿Campus de excequé?

 A los niños no les gusta volver al cole. Lo malo de las personas es que pasa el tiempo y siguen con las mismas manías. Tampoco volver al instituto. ¿Y a la universidad? Culpa nuestra, claro. Culpa de todos los jóvenes que encienden la televisión durante las vacaciones y ven series o películas donde la universidad es un sitio con césped, limpieza, taquillas, aulas espaciosas con tarima, grandes laboratorios e incluso ordenadores en las aulas. Y nos lo creemos. Es divertido. Divierten las jornadas de puertas abiertas y los miles de niños sonrientes que pasan por ellas pensando qué van a estudiar y “esta carrera me gusta más pero en esta, las instalaciones son mejores”. ¿Instalaqué? Ah, instalaciones. Pero todos somos un poco ingenuos, un poco pequeños en algún momento y nos lo creemos. Yo también. Que sí, que hay laboratorio de radio, de televisión y “mamá, he ido a la facultad y hay un montón de platós y laboratorios”. Ay, lástima, crecemos. Y la realidad nos da en la cara. Fuerte, muy fuerte. Pero ya entiendo por qué nos enseñan las instalaciones deportivas cuando, pequeños y pueriles bachilleres, vamos de excursión (emocionados e ilusionados, ya lo he dicho) a la facultad. Y es que tiene sentido, nunca enseñamos a nuestras visitas las partes de la casa desordenadas o en mal estado. ¿Lo demás? Si, es verdad, no nos engañemos, en la Facultad de CC hay laboratorios. Que los puedas usar no se explica en las excursiones. Tampoco que mantengan los horarios de los carteles si quieres terminar un trabajo a tiempo. Ah, y con una velocidad que cualquiera de película americana se asustaría, por supuesto. Eso si no se te borra un trabajo antes de entregarlo y vas a septiembre. En realidad, no nos podemos quejar, que lo que no te mata te hace más fuerte y nos estamos haciendo invencibles… Y la facultad también tiene… Ah, pero ¿qué digo? Si yo ni siquiera estoy en la facultad. Un sótano prestado en un aulario de ciencias. Un sótano sin ventanas, sin aire acondicionado y sin enchufes. Sí, esa es mi facul…faculoquesea. Pero me consuelo y soy feliz. “Si yo estudio como en Guantánamo y la UMA tiene Campus de Excelencia, ¿cómo estudian en las demás facultades? Seguro que usan papiros y diapositivas y se sientan en el suelo” pienso mientras voy en el autobús, autoconvenciéndome. O no. Quizás es que es todo mentira. ¿Quién sabe? Pero no duden que la culpa es de la televisión y:

feliz vuelta a la rutina.

que suenan a estar surrounded by idiots

Aparece alguien un día y te dice “¿tú también haces fotos? todos hacen fotos, cualquiera que hace una foto en blanco y negro ya es fotógrafo” y no sabes si pegarle o darle un abrazo. Al final optas por lo segundo. Al fin y al cabo tiene razón. Las ventas de las cámaras reflex se han disparado esta navidad (y la anterior y la anterior) y todo el mundo tiene flickr o una carpeta con “sesiones” en el ordenador. Entonces odias las cámaras digitales.

Seguramente los bolígrafos también o los ordenadores o cualquier aparato que sirva para escribir un rato y decir “soy escritor”. Hoy todo el mundo es escritor, todos tienen un blog, todos tienen incluso un libro, porque la autoedición está haciendo mucho daño. Y vas a cualquier gran establecimiento con apartado de librería (no digo librería porque en las librerías hay menos libros malos -que también los hay-) y buscas a Zweig y, lo siento, no va a estar. Mientras buscas, paseas la mano por los libros como un niño de cinco años que va señalando lo que quiere. Vas a novedades, porque te gusta ver qué hay. Y ¿este quién es? ¿este quién es? ¿y este? no lo conoce nadie. Piensas: “vaya, no puedo juzgar sin haberlo leído”. Te sientes un poco mal por juzgar y lo lees. Porque, al fin y al cabo, has leído Crepúsculo y Tres metros sobre el cielo. Lo has leído con la satisfacción de acabar y decir “menuda mierda”, pero no podías decirlo antes de leer. Así que lo compras (sí, porque no va a estar ni en la biblioteca) y lo lees. Describir lo que se te pasa por la cabeza en el momento que cierras el libro y lo dejas sobre la estantería es difícil. Estás feliz, piensas que tenías razón. Estás orgulloso de tu criterio, de saber reconocer un libro malo solo con un vistazo. Pero, sin embargo, el libro está en novedades. Alguien ha escrito ese libro y tú lo has comprado. Alguien ha leído ese libro. Alguien quiere ser de mayor como el escritor. Y,¿dónde vamos a llegar?. Que un adolescente lo lee y no sabe quien es Nabokov, Tolstoi, Dostoyevski, Vian… No pasa nada, tiene toda la vida por delante para saberlo. Para aprender todas las cosas que, probablemente, el escritor del libro que acaba de leer (sí, el de novedades) ni siquiera sabe. ¿Escritor? Escritor, según la RAE: persona que escribe. Vale, lo acepto. Entonces todos somos escritores, todos somos violadores, bebedores. Todos somos escritores que no saben escribir pero saben escribir un mensaje de texto y decir “tengo un libro”, saben hacerse un blog y decir “la vida es una mierda” y se convierten en Poe. Decir “sois todos unos incultos y subnormales” y ser Reverte. Pero no, amigo, no eres Poe por mucho que tengas un blog con dibujos de murciélagos ni eres Reverte. No, amigo, eres lo que quieras. Eres escritor porque escribes, es indudable, pero eres gilipollas, por creer que puedes llegar a algún sitio, que estás por encima de todos y que optas a algo. Y sí, te digo gilipollas porque yo no soy escritora y tengo derecho a usar las palabras más horribles, yo escribo, escribo porque me enseñaron en el colegio con el micho y, ¿quien sabe? quizás solo escribo con un fin: recordarte que no eres músico por darle patadas a un contenedor de basura ni fotógrafo por darle a un botón de una cámara ni escritor por escribir una historia, muchas páginas que alguien lee y dice: qué bonito. Todos sabemos escribir historias, ilustrarlas y poner una banda sonora. Todos lo hacemos porque todos vivimos. Pero no todas las historias están preparadas para salir ahí. Si no tienes nada nuevo que contar, si no eres capaz de enseñarnos en esa historia algo que no hemos visto: no escribas. Porque todos salimos a la calle, tiramos la basura y nos enamoramos y nos rompen el corazón y pensamos que estamos rodeados de idiotas e incultos. Pero no lo decimos, porque en eso se basa la vida, en vivir experiencias comunes. Y la tuya, es una más. Una más entre ¿mil? ¿millones?. Es decir, eres escritor, escribes.

Pero ¿sabes? no eres nadie.