Libros de supermercado

En todos los supermercados hay libros. En casi todos, al menos. Están bien colocados: justo a la entrada, visibles, con portadas de colores y vistosas y carteles amarillos en el techo que anuncian su precio, como si se tratase de algo barato (¿20, 30 euros? Un poco irónico). Si te adentras en el mundo del libro de supermercado, también verás la sección infantil. Porque los niños suelen pedir en todos sitios y las madres, cansadas, compran el libro que quieren para que no las molesten mientras hacen la compra del mes. Así funcionan los supermercados. Pero funcionan sin escrúpulos, vendiendo como importantes libros que no valen nada. Libros con tapas duras, papel y cartón en la portada. Nunca veo libros de bolsillo en las estanterías de los supermercados. Nunca veo libros que no sean best-seller en las estanterías de los supermercados. Entonces paso fuzgamente por su lado y pienso “¿y la culpa de quién es?”. Que los jóvenes tienen algo de culpa, es innegable. Pero hoy vamos a salvarlos, no creo que sean ellos los que, sin más, deban cambiar su parecer ante esto. Somos lo que nos dan. Hasta hoy, somos un producto de la sociedad. Somos la televisión que vemos y los libros que ¿leemos?. Y son los programas de televisión que ponen y estos libros los que nos venden, nos regalan. ¿Por qué el fenómeno Meyer? ¿Por qué el fenómeno Moccia? Cualquier niña de 15 años sabe quiénes son ambos escritores y, sin embargo, no saben quién es Baroja, Clarín, Pérez-Reverte, Borges, Cortázar. Quizás Cervantes, por no ser demasidao inculto. Quizás Vargas Llosa, Ana María Matute, que, a veces, salen en la tele. ¿Y los demás? La literatura hispanoamericana es una de las más ricas tanto en obras como en autores a nivel mundial. Y leemos a Moccia. Y leemos a Dan Brown, que hace un tipo de novela que ya hacían años antes. Pero eso, claro, no podemos saberlo sin investigar dentro de nuestra historia. Una historia que estamos borrando, deshaciendo. “Antes, en el colegio, leíamos a Flaubert, Rabelais” pero ahora todos ellos han pasado a una élite. A que Juan Ramón un día pretendiese escribir para las minorías y ahora, todos, sin saberlo, escriben para esa minoría, sin querer. Porque la mayoría, compra libros en supermercados. Porque la mayoría se ha olvidado de que, en todas las ciudades, hay librerias que no se llaman “fnac” y que tienen un dependiente mayor. Un dependiente que ha vivido con el Ulises de Joyce, con Moby Dick. Un dependiente que ha vivido en El Castillo de Kafka y ha soñado con El Principito, a la vez que llorado con Anna Frank y nos puede contar los cuentos de memoria, sin reeleerlos, sin pensar. Porque las buenas historias se quedan grabadas en nuestra mente pero también en cada molécula de nosotros. Porque soy incapaz de sentirme un vampiro. Y me niego a sentirme una niña pava que se monta en moto con el rebelde de Roma. Sin embargo, siempre estuvo bien jugar a ser Alicia en el país de las maravillas, sentir pena de Lolita, pasar miedo con Stoker, viajar con cada palabra de Verne o entender lo horrible que puede ser el amor, por culpa de Werther (o Goethe).

Pero las niñas de ahora no sueñan que un día venga un príncipe a buscarla. Las niñas de ahora imaginan que vendrá un vampiro y se las llevará en moto. Y todo empezó el día que alguien colocó un libr en una estantería de un supermercado.

¿Cambiamos el mundo? ¿Y si los clásicos llenasen las estanterías?

Progreso al retroceso

Los seres humanos somos seres irracionales la mayor parte de nuestras vidas. Seres racionales cuando no debemos serlo. Y pesimistas. Pesimistas en potencia. Nieztche nos hablaba de la necesidad de vivir cada día de tal manera que no te importase que se repitiese infinitas veces. Pero nos olvidamos del eterno retorno. Y de Nieztche, claro. Y vemos catástrofes donde no las hay. Porque nos puede el miedo, la necesidad de llamar la atención, de creer que así, algún día, dominaremos algo. Lo he dicho tantas veces: no sois, no somos nadie. Tampoco lo seremos llamando la atención. El sensacionalismo. Vivimos en un país donde la prensa pretende llamarse de referencia. Un país donde un partido de fútbol ocupa portadas totalmente subjetivas. Vivimos en un país donde un programa de televisión insulta a los opositores a su ideología. ¿Dónde está el respeto? Se suponía que los medios de comunciación, el progreso, nos llevaría a un intento de objetividad, a una lucha común por la objetividad, la igualdad. Una lucha por cometer el menor número de fallos posibles. Y ahora gana el más subjetivo, más sensacionalista. Ahora ganan los idiotas. Hemos vuelvo a la Prehistoria, a la lucha por la fuerza, a los gritos. A ver qué se oye más.  ¿Y la razón? Nos hemos vuelto incapaces de defender nuestros ideales sin recurrir a imágenes desagradables. Somos incapaces, ahora, de tener un grito de guerra silencioso, de defender sin gritar, de luchar sin herir. Porque los seres humanos, ahora, no tienen argumentos, solo ideas, ideas sin fundamento, ideas que no saben por qué tienen pero las tienen, las tienen porque alguien las ha puesto en su cabeza y “sí, es verdad, tiene razón” pero no has entendido nada, sólo obedeces y vas detrás. ¿Detrás de qué? Vamos directos a un precipicio. A un mundo donde lo más desagradable gana. Un mundo donde el que hace más ruido, gana. Y ¿sabéis qué? Vosotros, gritando, no dejais que los ¿cientos? ¿miles? de problemas y consecuencias complementarias a vuestro grito, puedan escucharse. Pero hagamos oídos sordos y escapemos, antes de que sea tarde, de este infierno. Quien quiera, claro. Pero en silencio, sin que nadie se entere. Nosotros, personas cuerdas, no lo necesitamos.

Mauricio Wiesenthal

El salón de actos del IES Pedro Espinosa en Antequera suele ser testigo de cómo jóvenes escritores dejan de ser jóvenes con los años. Esta vez es testigo del silencio, porque nunca antes habían escuchado con tanta atención y entusiasmo. Ahora su atención se centra en una corbata de lunares. En un hombre con corbata de lunares, chaqueta gris y un pañuelo en el bolsillo de esta. Lleva gemelos, ya no se ven hombres con gemelos. Y en el dedo, el anillo de la primera mujer de su padre, nos cuenta el día siguiente a que nos quedemos prendados de sus historias. Mauricio Wiesenthal nació en Barcelona, pero no podríamos decir que fue de allí. Él es de todos sitios. Es autor de narraciones, ensayos, biografías, libros de viaje y obras sobre temas de enología. Ha seguido el rastro de personas importantes. De Nietzsche, de Mozart, de Tolstoi, de Byron. Habla del Danubio, recorrer el Danubio en bicicleta. Y nos mezcla ideas en la cabeza, para inculcarnos que llevemos vida de artista y no de simples mortales, que queramos, en ese momento, salir corriendo y subirse al tren de la vida porque no sabemos el anden pero nos estamos dando cuenta que, aún somos jóvenes y la estamos desperdiciando. Eso pasa por escuchar atentamente a un hombre que puede hablarnos de enología, fotografía, literatura y sobre la vida, en la misma frase, sin hacer diferencias, como si todos fuésemos, en resumen, eso: una mezcla de sensaciones y momentos perfectos sin pensar.

Esa noche nadie duerme. Los que duermen, probablemente, han soñado con él. Han soñado con irse al Danubio, con enamorarse cuando menos convenga y no tener miedo de decirlo (así se vive, nos dice). Pero tenemos ganas de más y despertamos pronto, café y a escuchar. A escuchar algo que se sale del programa. Algo mejor que una clase sobre técnicas narrativas, sobre la vida de un escritor: a escuchar la vida. Entonces nos recomienda que siempre nos pongamos los últimos, que al final siempre hay sitio y se acaba llegando. Nos habla de Rilke, de Verlaine, de Lord Byron. Y de los personajes de Dostoievski y su facilidad para desnudarse ante una copa de vino. También del viejo Tolstoi, para más tarde hablarnos de Sofía, de un amor que nunca fue real sino que se basó en los cuidados de sus hijos y su casa. Ahora lleva pajarita. “Debemos usar sombrero en honor a nuestros padres”, dice.  Y sigue reinando el silencio. Porque todos son conscientes que el tiempo ha pasado, que debería haber un descanso, que las vejigas no soportan más pero la razón (o la irracionalidad) no nos mueve, porque queremos historias aunque se nos cierren los ojos. Queremos alimentarnos de vidas ajenas, de historias de autógrafos, de historias alrededor del mundo. Pero todo acaba, despacio. Si respiramos, nos oxidamos. Estamos respirando. Si no respirásemos seríamos eternos; eternamente momias. Y el tiempo se agota y nos vamos. Nos vamos sabiendo que el amor es ver las cosas al revés y con miedo, de la posibilidad de ser artistas y anteponer, a la vida, el arte. Montándonos al tren de la vida porque hoy hemos dado con el andén y sabemos que empieza aquí, cortando las patas de la silla para leer más cerca.

http://www.mauriciowiesenthal.com/

¿Campus de excequé?

 A los niños no les gusta volver al cole. Lo malo de las personas es que pasa el tiempo y siguen con las mismas manías. Tampoco volver al instituto. ¿Y a la universidad? Culpa nuestra, claro. Culpa de todos los jóvenes que encienden la televisión durante las vacaciones y ven series o películas donde la universidad es un sitio con césped, limpieza, taquillas, aulas espaciosas con tarima, grandes laboratorios e incluso ordenadores en las aulas. Y nos lo creemos. Es divertido. Divierten las jornadas de puertas abiertas y los miles de niños sonrientes que pasan por ellas pensando qué van a estudiar y “esta carrera me gusta más pero en esta, las instalaciones son mejores”. ¿Instalaqué? Ah, instalaciones. Pero todos somos un poco ingenuos, un poco pequeños en algún momento y nos lo creemos. Yo también. Que sí, que hay laboratorio de radio, de televisión y “mamá, he ido a la facultad y hay un montón de platós y laboratorios”. Ay, lástima, crecemos. Y la realidad nos da en la cara. Fuerte, muy fuerte. Pero ya entiendo por qué nos enseñan las instalaciones deportivas cuando, pequeños y pueriles bachilleres, vamos de excursión (emocionados e ilusionados, ya lo he dicho) a la facultad. Y es que tiene sentido, nunca enseñamos a nuestras visitas las partes de la casa desordenadas o en mal estado. ¿Lo demás? Si, es verdad, no nos engañemos, en la Facultad de CC hay laboratorios. Que los puedas usar no se explica en las excursiones. Tampoco que mantengan los horarios de los carteles si quieres terminar un trabajo a tiempo. Ah, y con una velocidad que cualquiera de película americana se asustaría, por supuesto. Eso si no se te borra un trabajo antes de entregarlo y vas a septiembre. En realidad, no nos podemos quejar, que lo que no te mata te hace más fuerte y nos estamos haciendo invencibles… Y la facultad también tiene… Ah, pero ¿qué digo? Si yo ni siquiera estoy en la facultad. Un sótano prestado en un aulario de ciencias. Un sótano sin ventanas, sin aire acondicionado y sin enchufes. Sí, esa es mi facul…faculoquesea. Pero me consuelo y soy feliz. “Si yo estudio como en Guantánamo y la UMA tiene Campus de Excelencia, ¿cómo estudian en las demás facultades? Seguro que usan papiros y diapositivas y se sientan en el suelo” pienso mientras voy en el autobús, autoconvenciéndome. O no. Quizás es que es todo mentira. ¿Quién sabe? Pero no duden que la culpa es de la televisión y:

feliz vuelta a la rutina.

Entrada anterior.

la manera de gritar siempre
a la vez
raptar
rescatar las legañas
en tu pelo
no me gusta madrugar en
estaciones desiertas
hacerte la cama y salir corriendo

Living in a bus

Tiene el pelo bonito. O raro. Es la chica del pelo raro. Al fin y al cabo Foster Wallace es mi escritor favorito. ¿Y ella tiene título de novela? Nunca me mira. Porque siempre baja la cabeza. Lleva rímmel, pero no demasiado. Por eso siempre se mancha la parte inferior del ojo, aún es temprano y no importa. Nadie se fija en ella, excepto yo, supongo. Porque me gustaría ser su amiga. ¿Por qué no? Parece aburrida. Parece como si viviese dentro de su mp3 y el mundo le resultase ajeno. Para mí también lo es a esta hora, ni siquiera han dado las 7. Odio el vaivén de la carretera. Las estaciones, el paisaje que se mueve rápido y lento a la vez. Pero también el murmullo de la gente, el sonido de los besos, el llanto de un niño “no llores cariño, ya estamos llegando”. ¿No es demasiado pronto para besarse? Ni siquiera puedo articular palabra, tengo los labios secos y la boca cansada. Mucho menos para llorar, ni siquiera he despertado. Pero el mundo despierta por mí y necesita contrastar felicidad y tristeza. Todo va por modas, también el quererse, el odiarse. Yo odio. Sí, odio el sonido que avisa, “parada solicitada”. Y “por favor, pasen al fondo del autobús”. Prefiero hablar por teléfono, pero es demasiado temprano ¿Lo es? Me gusta despertar a la gente y la tarifa plana de mi móvil, bloquearlo y desbloquearlo hasta gastar la batería. A nadie le gusta despertarse con un sonido de teléfono. Es horrible. Y huele mal. Huele a mañana y falta el aire. Y falta espacio para leer el periódico. Si no lees el periódico el día no empieza. Hoy no ha empezado. Hoy viajar en autobús es horrible.  Cuando él viene no es así. No tengo que agarrarme a una barra, esquivar a la gente. Me deja sentarme y apoyar la cabeza en su hombro. Entonces, me río de los que son como yo y luchan contra el equilibrio. ¿Hoy me río de mí? No, es demasiado temprano para reírme. Pulso el botón rojo y le sonrío. Sí, a ella, a la chica del pelo raro, ¿por qué no? Es mi único entretenimiento por la mañana. Seguro que juega a ser Audrey Hepburn, cambiando joyerías por autobuses: “Buenos días”

Hoy

Tiene novio
y hacen el amor
En la ducha, en el cuarto, en la cocina
porque todo va despacio y fuera
afixia el odio, el ego, la envidia
pero no bajo las sábanas
en el suelo, cayendo, despacio
dejando pelos en el cepillo en la almohada
con cuidado
Las lombrices que se tragan el tiempo
lo que quedaba de vida antes de empezar
de empezar a morir, a vivir a golpes
a vivir a besos desabrochando
que los rockeros van al infierno
y hay demasiada cordura
para pecar por tanto alcohol
Nunca pensé en las circustancias de una noche
de espuma y quererse y olvidar el cielo
que todos se han ido
y grita
porque dice que es feliz